De la Iglesia siempre ha tratado el cine de una manera un tanto cruda y esta vez se ha cebado con el ciudadano de a pie. Una víctima de los bancos, los empresarios crueles y los ineptos que consiguen trabajos para los que no están ni la mitad de calificados que algunos que no pueden ni llegar a fin de mes.
La realidad es así, al final sólo queda morirte e incluso en un momento tan transcendental como es el del paso de la vida a la muerte, el hombre moderno quiere sacar tajada, llevarse un cacho (sobretodo si es español) y, cómo no, la audiencia responde.
Esta es más o menos la historia de Roberto González (José Mota), un publicista venido a menos que creo el gran eslogan de “la chispa de la vida” de Coca-Cola al que ya ni le quieren dar el mérito. Después de un día de perros sin conseguir trabajo, Roberto decide ir a Cartagena para averiguar qué ha sido de aquel hotel donde su mujer, Luisa (Salma Hayek) y él pasaron la luna de miel.
Pero las cosas se tuercen y Roberto sufre un grave accidente que le deja la cabeza empalada en un pincho. Sin poderse mover, Roberto incluso en estas condiciones quiere dejar de ser un fracasado e intenta conseguir audiencia para así explotar “el negocio de sus vidas”.
Me ha sorprendido muchísimo la frialdad del filme y de ver, con cierta tristeza, como el hombre puede llegar a ser muy puerco. El personaje de Luisa me ha encantado, pues es quien le recuerda a Roberto que el dinero no importa, sino el amor de su familia, todos los ratos buenos que han pasado y su dignidad como ser humano; conceptos que muy pocos, tanto en el filme como en la vida real, se aprecian.

No la pintas nada mal, pero el yuyu de pensar durante toda la peli que el tío tiene la cabeza empalada me echa para atrás!
Hombre, es que es Álex de la Iglesia y a este tío le gustan tanto la carne y la sangre como a mi